RUTINAS PERIODÍSTICAS.

Ataulfo Reza Zorelle

Los periodistas son unos profesionales cuya herramienta de trabajo es el lenguaje. Por eso debemos ser exigentes con el uso que hacen de su herramienta como esperaríamos de cualquier otro profesional. No vamos a tratar en este artículo ni fallos ni errores personales o individuales sino expresiones o prácticas habituales más extendidas de lo que sería de desear.

ORIENTE MEDIO.
¿Oriente Medio o Medio Oriente? Existe mucha confusión con estos términos y los periodistas no son ajenos a ella. ¿Cuál es el término correcto? Podrían serlo los dos, pero solamente si nos referimos a dos realidades distintas  y, en consecuencia, la corrección o incorrección depende en cada caso de la región a la que queremos mencionar.
Cuando en un periódico se habla del Oriente Medio ¿sabemos de qué región del mundo están tratando? A veces comprobamos que el texto se refiere a la parte más occidental de Asia y, entonces,  es probable que te hayas preguntado por qué  le llaman de esta manera. Posiblemente te hayas dicho que si hay un Oriente lejano y un Oriente próximo, el Oriente Medio tendría que ser el que está entre esos dos, igual que la Edad Media está entre la Antigua y la Moderna. Y efectivamente así es en castellano correcto, aunque sea una práctica desconocida o, al menos, poco aplicada.
 También nos pueden hacer dudar de si estarán hablando en  términos estadísticos como cuando hablamos del ciudadano medio, del hombre medio  o de la temperatura media. Pero sabemos que no, que no es nada de eso. Entonces ¿qué quiere decir la expresión Oriente Medio referida al Oriente Próximo? Pues nada. En ese caso sólo sirve para confundirnos.
Pero la verdad es que existe el Oriente Medio y el Medio Oriente.  Hay que tener en cuenta que las clasificaciones que hacen el español y el inglés son diferentes. En castellano existen tres términos para clasificar el Oriente: Extremo Oriente (China, Corea, Filipinas, Japón, etc.), Oriente Medio (India, Pakistán y Afganistán) y, por último, Oriente Próximo, también llamado Cercano Oriente (Arabia, Irán, Irak, Jordania, Israel, etc.)

En los países anglosajones hacen la distinción en sólo dos partes:  Middle East y Far East.
La confusión surge cuando una noticia que se refiere a nuestro Oriente Próximo se traduce directamente del inglés sin hacer el ajuste correspondiente con lo cual el resultado es un absurdo.
Sin embargo esa traducción tiene  buena solución. Basta con decir (en vez de Oriente Medio) "Medio Oriente" donde "medio" no es adjetivo sino adverbio de modo. La R.A.L. define a éste así:

"Medio, adv. modo. No del todo, no enteramente, no por completo. MEDIO asado. MEDIO vestido"

De esta manera al  hablar del Medio Oriente estaremos hablando de un Oriente que lo es a medias. Es, con relación a nosotros, el Oriente, sí, pero no un Oriente del todo. Es sólo un medio Oriente. El "Medio Oriente".

Lo que no debemos decir nunca, en nuestras lenguas, es el Oriente Medio, salvo que nos queramos referir a la zona media del Oriente.


PUNTO Y FINAL.
Esta expresión desacertada se oye y lee cada vez más a pesar de ser un enunciado que no tiene ningún sentido. Probablemente quienes lo usan son los periodistas más jóvenes ya que los de más edad todavía recordarán los ejercicios de dictado que hacían en las escuelas de primaria. En ellos  la persona que dictaba pronunciaba  “Punto y seguido” o “Punto seguido” para indicar que se siguiese escribiendo después del punto,  y “Punto y aparte” o “Punto aparte” para señalar que, acabado un párrafo, había que escribir la palabra siguiente en otro renglón.  Pero, en cambio, cuando terminaba el dictado, la mención del punto ya no tenía ese valor, digamos,  orientativo o relativo. Era el último punto, el punto final y así se decía “Punto final”, siendo la palabra "final" simplemente la calificación de ese punto.  En este caso es tan pequeña la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto que es comprensible que el vulgo se confunda, pero no es admisible que eso le pase a un periodista profesional.


ANTIGUAS PESETAS.
Alguien podría hacer la siguiente observación : “Los periódicos, la mayoría de las veces, al hablar de las pesetas aclaran que se refieren a las de antes, a las antiguas.  ¿Es que acaso hay otras?”
No le podemos dar la razón, ya que la frase, tal como vamos a ver, es correcta. Lo que sí se puede criticar  es la rutina y la reiteración de esa fórmula.
Cuando decimos “las antiguas pesetas” en realidad, por el hecho de anteponer el adjetivo al nombre, se está usando un “epíteto”.
[Epíteto: adjetivo o participio cuyo fin principal no es determinar o especificar el nombre, sino caracterizarlo. ] D.R.A.E.
El adjetivo antepuesto al nombre cumple muchas veces esta función de epíteto que es un recurso literario legítimo, completamente prescindible en cuanto a su valor semántico, pero que puede aportar un carácter estético o una carga emotiva.  En las frases “el dulce azúcar” o “el fiero león” los adjetivos dulce y fiero no están calificando nada sino que están subrayando unas cualidades implícitas en el nombre. Por otro lado es sabido que los significados cambian según la posición del adjetivo con respecto al nombre. El ejemplo clásico que se suele aducir es el de que no es lo mismo un hombre pobre que un pobre hombre.
Existen en el habla corriente muchos “epítetos constantes” (el incomparable marco, la pertinaz sequía, los mansos corderos, el bizarro militar, etc.), los cuales, si algo evidencian, es la  pobreza expresiva y la carencia de originalidad por parte de quien los usa.
Pues bien, la expresión  “las antiguas pesetas” es, ahora, un nuevo epíteto constante. Si el primero que lo dijo lo usó en un contexto literario no merece ningún reparo. Pero usarlo continuamente, máxime en textos pragmáticos, como suelen ser los referidos a las monedas, tan lejanos de las connotaciones poéticas, resulta  desdichado y ridículo. Aparte, por supuesto, de innecesario. Las pesetas son las pesetas y no hace falta recordarnos cada vez que se las nombra que,  ¡pobres ellas!, son antiguas. ¿Sonaría bien, cada vez que se nombra a los euros, decir “modernos euros? Si decimos, por ejemplo, “
Esto vale doce modernos euros” ¿te gusta? No, ¿verdad? Pues el efecto es exactamente el mismo. (Alguien dirá que "ya es sabido que los euros son modernos", y yo le replicaré que "ya es sabido que las pesetas son antíguas")


VIOLENCIA DE GÉNERO.
En este punto la culpa inicial es de los políticos, pero los periodistas tenían que haber impuesto su presunto conocimiento de la gramática. “Género” es una categoría gramatical que puede ser masculino, femenino o neutro. Como en castellano (cosa que no ocurre en todas las lenguas) la distinción de sexos se correlaciona con el género, correspondiendo al macho el género masculino y a la hembra el femenino, se corre el riesgo de que las personas de poca preparación (aunque sean políticos) interpreten la relación a la inversa y consideren como perteneciente al género lo que, en realidad, pertenece al sexo. (Quizá influya también el prejuicio de considerar el sexo no como lo que es, la diferencia orgánica entre machos y hembras, sino como una concreta actividad sexual.) Cuando un hombre pega a una mujer o una mujer pega a un hombre se está ejecutando una violencia entre sexos no una violencia gramatical. Una violencia de género consistiría en decir frases como, por ejemplo,  “este silla viejo” o “una coche pequeña”.
Y añado: Si a la violencia entre sexos se le llama violencia de género ¿cuál será la “violencia de número”.



EL INFINITIVO "COJO".
Le llamo así porque no sé como definirlo. Me refiero a una costumbre que no se da en los medios escritos, pero que sí la tienen  algunas emisoras de radio. Me refiero a frases del tipo “Por último aclarar que …”,  “A continuación recordarles que …” Son frases construidas con un infinitivo subordinado a un verbo principal en las que falta ese verbo principal. Quizá al locutor que lo dice le parezca que eso es elegante y que responde a un estilo personal, pero eso es porque no se dan cuenta, ni él ni sus superiores, de cómo esas frases chirrían en los oídos de los oyentes. Y lo que están mostrando no es un estilo sino una ignorancia personal. 


¿TRÁFICO ?
Para terminar vamos a comentar una situación distinta a las que vimos. Se trata de una palabra admitida, correcta, que todos usamos y que no tiene nada que ver con la crítica que estamos haciendo a los periodistas. Es habitual y admitida, como dijimos, pero es que, al menos, resulta curiosa. Me refiero a la palabra “tráfico” como sinónimo de tránsito o circulación de vehículos. Quizá se impuso cuando, en el régimen anterior, se creó una Dirección General de Tráfico y una Guardia Civil de Tráfico, pero la palabrita se las trae. Porque “tráfico” es la acción de traficar. Y traficar es vender, resultando indiferente que esa acción se realice de forma legal o ilegal. Así hablamos del tráfico de una feria o de una bolsa, del tráfico de esclavos, del Impuesto sobre el Tráfico de las Empresas, y del narcotráfico o tráfico de narcóticos. Si  los coches para circular (no para traficar) necesitan un Permiso de Circulación  ¿por qué se le llama  tráfico a la circulación de vehículos? No lo sé, pero me pregunto: Si a la circulación,  locomoción, traslado, recorrido, movimiento, tránsito o desplazamiento de vehículos se le llama “tráfico”,  los que lo realizan ¿qué son? ¿traficantes? ¿O los traficantes son los que organizan y controlan el “tráfico”? Que alguien me lo aclare, por favor.

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